Carta II: ¡Cambio!

La poeta escribió la frase que resume una de las formas de querer de la manera más generalista y más bonita que he encontrado: «quiero hacer contigo todo lo que la poesía aún no ha escrito«. Cuando la leí por primera vez, un pequeño sentimiento de frustración sobre la ineludible excitación mental que me provocó ese verso recorrió mi cuerpo bajito en dos segundos: uno de cerebro para abajo y otro de vuelta para arriba. Esta frustración, que se ha repetido tantas y tantas veces, la puedo resumir en la frase «¿por qué no se me ha ocurrido a mí antes?» Como si yo fuera escritor, qué arrogante. Algo parecido me ha pasado con un libro que he terminado de leer hace relativamente poco: ¿por qué no dejé por escrito lo que leí de ese autor si ya había vivido esa sensación? No había nacido cuando él lo hizo, quizás sea por eso. Excusado.

Querida Fleta:

¿cómo estás? Vuela el tiempo y por fin ha llovido en Salamanca.

Nunca me había pasado, pero echo de menos «la mesa de mi cuarto» y mi propia habitación para poder escribir desde ahí. La tarde siguiente a pensar esto con calma compartí impresiones con un periodista austriaco: Benji. La sorpresa llegó cuando, sin yo decirle nada al respecto, soltó que no hay una mejor sensación para él que la de escribir sentado en su silla, ante sus libros, ante su mesa… que había sido feliz escribiendo todo este mes de julio en diferentes lugares del Este de África, pero que en ningún momento se sintió tan cómodo como en su mesa: aquí nos entendimos desde el primer momento ¿a que tú también me entiendes, Fleta? Yo he cambiado la mesa por mis piernas y la silla por la cama u otra silla en la terraza. Escribirte desde este último sitio hace que me sienta un poco más metido en la burbuja que es Nairobi dentro de Kenia: desde aquí huele, casi siempre, a las pequeñas hogueras que hacen algunos locales a los lados de las calles; otras muchas veces a humo de los coches en estado deplorable para el medio ambiente; en menos ocasiones, a comida; a lluvia cuando llueve y nunca a nada. Se oye y se siente con los ojos cerrados el caótico tráfico que puedes encontrar en cualquier parte de la ciudad, algunos pájaros cuyo nombre mi abuelo te diría a su manera y sin faltarle razón, niños gritando y algunos helicópteros que no he sido capaz de identificar todavía. Lo que podrías ver si estuvieras en mi sitio es una calle bastante mal asfaltada, ninguna estrella porque el cielo se pasa su vida nublado, edificios altos, alguna casa de latón, árboles, vegetación y algún que otro puesto de frutas a la vuelta de la esquina.

Todo este tiempo llevo preguntándome por las tardes por qué quiero seguir escribiéndote si no te percibo cerca, si no me llega tanto la cobertura a este universo en expansión que es Nairobi, mi leal traidora inspiración. No obtengo respuesta tras esa rapidísima introspección, por lo que todos los días aparco el tema hasta que atardece, que es cuando enciendo la antena en busca de esa cobertura que tampoco llegará en ese día. Sin embargo, aquí vivo experiencias que llenan cualquier hueco de mentes en blanco.

Hace unos días tuve la suerte de que el papel de fotógrafo que en cada viaje desempeño para mí mismo, se invirtiera en favor de grandísimos y profesionales aprendices de la cámara. Pasé de estar guiñando el ojo para ver a través del visor, a achinar los dos ojos al sonreír al objetivo que controlaban algunos niños y niñas de Kibera. Sus fotos tienen algo especial: ¿su alma, quizás? su inocencia, su intención de hacerlo bien, su ilusión, su talento y su humildad, que salía a relucir cuando les dabas la enhorabuena y te sonreían para después mirar al suelo y salir corriendo a seguir jugando. Rondarían los ¿once años? Más o menos, yo creo. Si querían captar movimiento, lo hacían; si querían profundidad en una foto, tendrían la foto más profunda y con más profundidad que has visto nunca; si querían sinceridad, fotografiaban una mirada desde cerca para conseguirlo; si querían algo que les ayudara a creerse su indiscutible cabida en el mismo mundo que el tuyo y el mío, fotografiaban una frase que decía que «si no cabemos, nos destacamos»: qué espíritu tan sumamente rico que pisa con zapatillas bien aprovechadas… aunque no estén en el suelo: ¿por qué andar pudiendo volar? Eso decían. Aquella tarde tuve la felicidad de dar y recibir abrazos por el mero hecho de ser persona. Ahora sí que te prometo que tarde o temprano te escribiré otra carta para hablarte de Los Ángeles de Kenia, con tu cobertura o sin ella, para que tú también sientas lo que sentí yo.

Estaba pensando que quizás sea escribirte la mejor manera de no lamentarme después por no haber escrito algo y que se hayan adelantado quienes mejor lo hacen. Desde luego que tiene toda la lógica del mundo y del universo Nairobi en expansión. Veremos qué pasa ¿no?.

A ti, Fleta, que nunca leerás esto. Espero que vivas alguna vez estas sensaciones que te quiero contar y que no sé si me saldrá bien hacerlo.

Con cariño,

Germán.

Carta I: No sé

Querida Fleta:

Mi madre es capaz de decirme hasta cuatro veces en un día (y no te exagero) que me corte el pelo cuando, bajo una respetable subjetividad, lo ve largo. Sin embargo, en un arrebato de sinceridad y como símbolo de claudicación ante mi perseverancia para no cortarlo, me dijo un día mientras cenábamos que en realidad le gustaba cómo me quedaba y que lo peor es el período de tiempo que transcurre entre lo que para ella es “corto y decente” y lo que es “largo”.

Pero piensa en esto último: en realidad es algo que pasa muy a menudo a todas las personas. Los períodos de transición suponen un tiempo de duelo en unas ocasiones, de tranquilidad en otras, de nostalgia, de ganas o de todo un poco. Así, ya te diré que no he acabado una etapa sino que ya he empezado otra, porque para qué alargar el final de algo con lo poco que me gustan las despedidas de las cosas o de las personas que no van a volver y han sido buenas para mí.

Fleta, seguro que tú ya no sabes quién soy yo y yo no sé si sé quién eres, pero recuerdo que comencé a escribirte hace poco menos de un año en la otra punta del mundo, y me gustó hacerlo. Hoy vuelvo a dirigirme a tu nombre a casi 11 mil kilómetros de distancia desde ese lugar, aunque no sepa si es la primera carta de varias después de todo ese tiempo o es solamente una descarga de energía hasta quedarme dormido. Ya lo pensaré. O no.

Las últimas letras de aquello decían que en ese momento terminaba de escribir, pero que empezaba yo. Me gustó tanto esa frase que decidí crérmela hasta sus últimas consecuencias, todo ello sin saber cuáles iban a ser en concreto: dejaría las alas que me dio el Norte del Norte bien limpias hasta que decidieran que querían volver a hacerme salir. En menos de dos meses desde que comenzara esa pausa imposible, la aurora boreal de TromsØ me persiguió hasta el desierto del Sáhara y a través de la arena se creó la cortina, amarilla en este caso, que parecía moverse diciendo algo en Swahili ¿te he hablado de esto? Sin querer, los colores y el alfabeto árabe de Marruecos, un empujón de quien suele empujarme para estas cosas, una irremediable vocación hacia lo que pretendo y tropezarme con “el viejo rey de Salem”, provocaron que Marta, al final de todo el proceso de reflexión, me dijera “¿cómo no te lo van a dar?”. Qué casualidad, Fleta. “Vamos a comernos el mundo, Germán. Solo si queremos” terminó. En ese momento y con la decisión tomada yo empecé a pasear entre los olivos de mi mente para que me taparan el ruido con sus raíces y ramas al arroparme. Dejarme llevar me sonó demasiado bien.

Nunca te dije que lo único que quería desde septiembre era volver a París, aunque también quería con todas mis ganas viajar a Praga y me apetecía Eslovenia. Pero todo dio un giro de no sé cuántos grados y aquí estoy: un poquito por debajo de la línea que se han inventado para separar el mundo y en la que llaman la capital de África (como si fuera un país ¿te das cuenta? No tienen ni idea). El asunto es que aquí no hay París para visitar, así que espero que la ciudad siga a Cortázar y si me encuentra entre alguno de sus pensamientos no dude en abrazarme, que en realidad la echo de menos.

Antes de acabar, quería decirte también que no sabía si escribirte, y ahora que lo he hecho, no sé para qué. Antes de empezar no sabía por qué no hacerlo y no sé ya por qué finalmente lo hago, por lo que no me preguntes por ese motivo. Igualmente, no me preguntes ahora  qué me parece África, qué me parece Kenia o qué me parece Nairobi porque ¿sabes qué? No lo sé: no he visitado Kenia y Nairobi tiene tantas caras como contaminación en sus calles. Si sigo escribiéndote intentaré enseñarte esas caras, qué colores les gustan, cómo huele cada una, a qué saben, qué piensan, qué quieren, qué esconden en su más profunda intimidad, con qué flores se gustan más y cómo se visten al atardecer. Te haré saber que he venido a este país sin ver la película de Memorias de África, cómo fue el eterno primer día o qué sentí al cruzar el Mediterráneo a la altura de Grecia. Te prometo que, al menos, lo intentaré.

A ti, que nunca leerás esto, espero que lo anterior te sirva de introducción a todo lo que te quiero contar.

Con cariño,

Germán.

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