Querida Fleta:

Mi madre es capaz de decirme hasta cuatro veces en un día (y no te exagero) que me corte el pelo cuando, bajo una respetable subjetividad, lo ve largo. Sin embargo, en un arrebato de sinceridad y como símbolo de claudicación ante mi perseverancia para no cortarlo, me dijo un día mientras cenábamos que en realidad le gustaba cómo me quedaba y que lo peor es el período de tiempo que transcurre entre lo que para ella es “corto y decente” y lo que es “largo”.

Pero piensa en esto último: en realidad es algo que pasa muy a menudo a todas las personas. Los períodos de transición suponen un tiempo de duelo en unas ocasiones, de tranquilidad en otras, de nostalgia, de ganas o de todo un poco. Así, ya te diré que no he acabado una etapa sino que ya he empezado otra, porque para qué alargar el final de algo con lo poco que me gustan las despedidas de las cosas o de las personas que no van a volver y han sido buenas para mí.

Fleta, seguro que tú ya no sabes quién soy yo y yo no sé si sé quién eres, pero recuerdo que comencé a escribirte hace poco menos de un año en la otra punta del mundo, y me gustó hacerlo. Hoy vuelvo a dirigirme a tu nombre a casi 11 mil kilómetros de distancia desde ese lugar, aunque no sepa si es la primera carta de varias después de todo ese tiempo o es solamente una descarga de energía hasta quedarme dormido. Ya lo pensaré. O no.

Las últimas letras de aquello decían que en ese momento terminaba de escribir, pero que empezaba yo. Me gustó tanto esa frase que decidí crérmela hasta sus últimas consecuencias, todo ello sin saber cuáles iban a ser en concreto: dejaría las alas que me dio el Norte del Norte bien limpias hasta que decidieran que querían volver a hacerme salir. En menos de dos meses desde que comenzara esa pausa imposible, la aurora boreal de TromsØ me persiguió hasta el desierto del Sáhara y a través de la arena se creó la cortina, amarilla en este caso, que parecía moverse diciendo algo en Swahili ¿te he hablado de esto? Sin querer, los colores y el alfabeto árabe de Marruecos, un empujón de quien suele empujarme para estas cosas, una irremediable vocación hacia lo que pretendo y tropezarme con “el viejo rey de Salem”, provocaron que Marta, al final de todo el proceso de reflexión, me dijera “¿cómo no te lo van a dar?”. Qué casualidad, Fleta. “Vamos a comernos el mundo, Germán. Solo si queremos” terminó. En ese momento y con la decisión tomada yo empecé a pasear entre los olivos de mi mente para que me taparan el ruido con sus raíces y ramas al arroparme. Dejarme llevar me sonó demasiado bien.

Nunca te dije que lo único que quería desde septiembre era volver a París, aunque también quería con todas mis ganas viajar a Praga y me apetecía Eslovenia. Pero todo dio un giro de no sé cuántos grados y aquí estoy: un poquito por debajo de la línea que se han inventado para separar el mundo y en la que llaman la capital de África (como si fuera un país ¿te das cuenta? No tienen ni idea). El asunto es que aquí no hay París para visitar, así que espero que la ciudad siga a Cortázar y si me encuentra entre alguno de sus pensamientos no dude en abrazarme, que en realidad la echo de menos.

Antes de acabar, quería decirte también que no sabía si escribirte, y ahora que lo he hecho, no sé para qué. Antes de empezar no sabía por qué no hacerlo y no sé ya por qué finalmente lo hago, por lo que no me preguntes por ese motivo. Igualmente, no me preguntes ahora  qué me parece África, qué me parece Kenia o qué me parece Nairobi porque ¿sabes qué? No lo sé: no he visitado Kenia y Nairobi tiene tantas caras como contaminación en sus calles. Si sigo escribiéndote intentaré enseñarte esas caras, qué colores les gustan, cómo huele cada una, a qué saben, qué piensan, qué quieren, qué esconden en su más profunda intimidad, con qué flores se gustan más y cómo se visten al atardecer. Te haré saber que he venido a este país sin ver la película de Memorias de África, cómo fue el eterno primer día o qué sentí al cruzar el Mediterráneo a la altura de Grecia. Te prometo que, al menos, lo intentaré.

A ti, que nunca leerás esto, espero que lo anterior te sirva de introducción a todo lo que te quiero contar.

Con cariño,

Germán.

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4 Comments

  1. ¡Bieeen! primera carta de un blog que seguiremos puntualmente. Y nada menos que a 11.000 kilómetros del anterior. La verdad que impresiona. Que sigas disfrutando y aprovechando como sabes esa maravillosa experiencia y gracias por compartirla con nosotros. Un abrazo y ¡Hasta pronto!

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  2. Buenos días, Germán.
    Me ha encantado volver a leerte. Que bonito despertar!!!!
    Nunca dejes de hacernos «compañeros de viaje», porque estoy segura, que a todos nos encanta «acompañarte». Disfruta y haznos disfrutar, y sobre todo…..VIVELO!!!!

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  3. Hola Germán!! Aprende y disfruta de África .Recuerda que arriba allá en el cielo ya son cuatro las estrellas que te cuidan y vigilan ,ah! fíjate cuatro como las veces que te dicen que te cortes el pelo 😁 SÉ FELIZ Un abrazo Isa

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  4. ¡Magnifico German! Gracias, gracias por todos los momentos que nos trasladas, por todas las sensaciones que nos trasmites, por ser «nuestros ojos» ella donde estáss y dejas tu mirada…
    Mientras las estrellas del cielo te siguen cuidando….seguiremos tu huella.
    Atrapa y disfruta todos esos tesoros a tu alcance.

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